Translation first published: El Argumento del Pinchazo Universoimparcial (2020)
English version: The Pinprick Argument (2005)


El Argumento del Pinchazo

"El mayor incentivo para el mal es el placer"
(Platón)

El utilitarismo negativo

Una consecuencia contraintuitiva que deriva del utilitarismo negativo (UN) es que pareciera implicar que sería preferible destruir el mundo antes que permitir que continuaran sus miserias. Si tal destrucción pudiese conseguirse de forma indolora, entonces los utilitaristas negativos estaríamos obligados por lógica a aceptar esta consecuencia. Podríamos argumentar que ninguna cantidad de felicidad puede compensar los horrores de Auschwitz ni las recurrentes tragedias de la vida personal.

Sin embargo, no es posible planear ni implementar la extinción de toda vida sintiente de forma indolora. El solo acto de contemplar una iniciativa así nos puede provocar angustia. Por esta razón, los utilitaristas negativos no estamos obligados a argumentar a favor de la solución apocalíptica. Podríamos sí, en el ámbito privado, considerar que hubiese sido mejor que el mundo nunca hubiera existido, pero ese es un tema aparte.

Un desafío más sensato a la coherencia intelectual del UN es el Argumento del Pinchazo. ¿Sería realmente mejor que la vida nunca hubiese existido si la única experiencia desagradable que ocurriera en él fuera el pinchazo de un alfiler? De seguro algunos dolores son tan triviales como para no acarrear una importancia significativa, ¿no?

Ante este cuestionamiento, los utilitaristas negativos podríamos responder que el dolor ocasionado por el pinchazo de un alfiler es de una naturaleza cualitativa diferente a, por ejemplo, el cáncer óseo, el duelo por la pérdida de nuestros seres queridos, la tortura, o las brutalidades cometidas durante un genocidio. Los pinchazos y otras experiencias equivalentes no traen consigo sufrimiento, de aquellos que dejan una terrible carga de angustia emocional.

No obstante, esta respuesta al Argumento del Pinchazo me parece ad hoc, pues socava la pureza de la ética UN. ¿Dónde se encontraría el umbral? ¿Cuándo se convierte el dolor en sufrimiento real? ¿Cuán leves deben ser el dolor o el sufrimiento para que sean moralmente permisibles? ¿Y quién debería decidir estos límites? Si consideramos que evitar el dolor y el sufrimiento es más importante moralmente que la felicidad, pero ésta última no se considera moralmente despreciable por completo, ¿cómo podemos cuantificar su importancia relativa? ¿Cómo podemos convertir el bienestar y el sufrimiento en objetos conmensurables? ¿Qué criterio de medición deberíamos usar? ¿Debería el destino del mundo reposar sobre un umbral arbitrario o, al menos, convencional en el eje dolor-placer?

Los utilitaristas negativos podríamos responder que esta formulación del problema es engañosa. No vivimos en un mundo hipotético donde solo existen pinchazos, dolores menores ni sufrimientos “ligeros”. En el mundo real, cada día, ocurren tanto terribles horrores como malestares rutinarios. La intensidad del sufrimiento a veces es tan espantosa que sus víctimas se hallan preparados para destruirse a sí mismos con tal de ponerle fin a su tormento. Cada año, cerca de 800.000 personas en el mundo acaban con sus vidas debido a la desesperanza suicida que los aqueja. Decenas de millones de personas se encuentran con depresión severa o sufren de dolor neuropático. En comparación con esto, las cordiales convenciones de un seminario de ética sobre filosofía o los tecnicismos profesionales de un artículo publicado en una revista académica no consiguen hacerle justicia a la enormidad de lo que está en juego. Hablar de “pinchazos” es trivializar la posición ética del UN.

Esta acusación puede ser cierta, pero no está claro cómo se puede salvar la coherencia intelectual del UN. Versiones menos austeras del UN son todas intelectualmente confusas. Algunas variantes más débiles de este principio pueden capturar nuestra intuición de que deshacernos de cierta cantidad de sufrimiento acarrea más urgencia moral que añadir una cantidad de felicidad “equivalente” sin tener que descontar el valor moral de la felicidad por completo, lo cual suena más verosimil. No obstante, los sistemas éticos híbridos que entregan una prioridad ponderada a aliviar el sufrimiento sobre la promoción de la felicidad no encarnan el UN en su estado puro. En teoría, los utilitaristas negativos podríamos hacer de tripas corazón y declarar que incluso el pinchazo de un alfiler es demasiado sufrimiento, pero aquí seríamos nosotros quienes estaríamos trivializando la seriedad moral de la ética UN. Declarar que uno estaría dispuesto a sacrificar el mundo para evitar un simple pinchazo viola nuestras intuiciones morales más profundas.

Ciertamente, no está claro por qué la intuición constituiría una mejor guía en el campo de la ética cuando no lo ha sido ni en la física ni la psicología. Nuestras intuiciones morales contienen prejuicios sistemáticos que han sido moldeados por la selección natural para tender a maximizar la aptitud inclusiva de nuestros genes. Siendo así, nuestras intuiciones morales son “profundas” en el sentido de provocar emociones fuertes y no en el sentido de estar bien fundamentadas, ser esclarecedoras o trascendentes. Sin embargo, (casi) todas las personas considerarían que resignarse y aceptar el Argumento del Pinchazo sería reducir al absurdo el UN estricto. De hecho, la mayoría de los filósofos sostiene que cualquier cantidad o intensidad de sufrimiento (aunque no necesariamente el suyo propio) es un precio justo por el valioso regalo de estar vivo, a la vez que cuestionan la sanidad mental de cualquiera que sugiera la contrario. El problema es que mientras que (casi) todos nosotros hemos experimentado el dolor insignificante de un pinchazo de alfiler, no estamos dispuestos a explorar de manera empírica la proposición de que no existe sufrimiento tan insoportable como para acabar con el mundo. Lamentablemente, las miles de personas al año que sí han experimentado este sufrimiento demuestran con sus acciones que están en completo desacuerdo. Algunos tipos de sufrimiento son tan espantosos que pueden literalmente forzarte a estar de acuerdo con el UN, sin importar cuáles hayan sido tus posturas éticas previas.

La refutación clásica del UN, una doctrina cuyas implicancias se osa decir son “retorcidas” y “absurdas”, pertenece a R.N. Smart: “Negative utilitarianism”, Mind LXVII, 1958, pp.542-3; ver también J.J.C. Smart y B. Williams, Utilitarianism: For and Against, Cambridge UP: 1973, pp.28-9.

Comúnmente, se concibe que el Argumento del Pinchazo es un problema exclusivo del utilitarismo negativo, pero un argumento análogo se opone también al utilitarista “positivo”. Imaginemos de nuevo a una divinidad superpoderosa con la habilidad de salvar o extinguir el mundo, pero ahora esta deidad es seguidora de una ética utilitarista clásica. Imaginemos que realiza el ejercicio de sumar los placeres y dolores de todas las criaturas sintientes y descubre que estos se encuentran en perfecto equilibrio. Usando el mismo argumento del que hemos hablado, la adición de tan solo una cantidad de dolor equivalente a un pinchazo parece obligarnos a destruir el mundo. Cualquiera que sea nuestro esquema de valores, ¿puede un pinchazo tan trivial realmente conllevar una significancia tan apocalíptica?

Utilitarismo negativo directo e indirecto

El mundo no terminará pronto, ya sea de forma dolorosa o indolora. Los humanos, o sus descendientes post-humanos inmediatos, pronto colonizarán el sistema solar y (quizás) más allá, volviendo irrelevante cuaquier tipo de escenario apocalíptico. Los impactos de asteroides, el calentamiento global, las pandemias virales, el bioterrorismo o la guerra termonuclear pueden causar inmenso sufrimiento y pérdida de vidas humanas, pero no nos matarán a todos ni esterilizarán nuestro hogar planetario. Tampoco acabaremos con la vida sintiente por un gran diseño humano colectivo, puesto que es psicológica y sociológicamente improbable que los utilitaristas negativos terminemos convenciendo a la mayoría de las personas del UN en su formulación más simple. Si uno espera que una recomendación normativa falle con certeza y si planificarla solo puede causar mayor sufrimiento, entonces una aproximación más sofisticada al utilitarismo negativo nos obliga por la misma ética a actuar y argumentar en contra de ella. El suicido colectivo global es imposible y lo más probable es que nunca se construya un “dispositivo del juicio final”. Por lo tanto, apoyar como utilitaristas negativos un nihilismo compasivo a gran escala es una opción desacertada y, en el mejor de los casos, una pérdida de tiempo, aunque también representa una interpretación errada de las implicancias normativas prácticas del UN. Los amantes de la vida siempre tenderán a reproducirse más que los utilitaristas negativos, aunque sea simplemente porque, rebosantes de optimismo, los machos alfa tendrán más probabilidad de acumular poder, influencias y oportunidades reproductivas que los angustiados y depresivos utilitaristas negativos. Los partidarios del UN difícilmente se multiplicarán, porque la reproducción implica crear más sufrimiento. Por estas razones, el utilitarismo negativo continúa estando dentro de los sistemas de creencias éticos más inusuales del mundo. Algunos “prejuicios a favor del statu quo” son imposibles de erradicar. Incluso es esperable que los genes de la mayoría de los utilitaristas negativos se extingan por completo de la reserva genética. Posiblemente no más de algunos cientos, o a lo máximo algunos miles, de personas esparcidas alrededor del mundo actualmente se consideran utilitaristas negativos. Es improbable que alguna vez estos se organicen o sean dirigidos de forma efectiva.

Sin embargo, a medida que avance la revolución tecnológica, es posible que el utilitarismo negativo prevalezca bajo un nombre distinto. Mencionemos ahora tres desarrollos importantes en esa dirección.

Primero, es probable que dentro de los próximos años los neurocientíficos descubran las últimas vías neuronales comunes al placer en el cerebro. Una vez que se hayan identificado estas firmas moleculares, la felicidad se podrá modular, enriquecer, controlar y amplificar verdaderamente sin límites, pues el placer en su estado puro no presenta tolerancia psicológica. Lo más probable es que luego sigan las terapias que busquen eliminar los sustratos moleculares de las sensaciones desagradables, permitiéndonos llevar vidas de dicha impoluta, o al menos gradientes de bienestar adaptativo. Al principio, los biopsiquiatras podrán usar estas intervenciones para tratar condiciones como las depresiones refractarias “resistentes a los antidepresivos”. Pero incluso variedades cada vez más exuberantes de “super-somas” están condenadas a fugarse del mercado gris farmacéutico e ingresar al mundo exterior a través de la creciente contracultura científica. En cualquiera de sus formas, los super-soma o sus equivalentes gozarán, sin duda, de una popularidad extraordinaria. El Internet ayudará a expandir tanto su atractivo internacional como sus canales de distribución. En la actualidad, una objeción pertinente al uso de la mayoría de estimulantes del estado de ánimo que se consiguen con fines recreacionales y de manera ilícita es que no son efectivos e incluso pueden ser contraproducentes. Los euforizantes de acción rápida que existen en la actualidad activan la rueda hedónica sin socavarla: las drogas callejeras tienden a aumentar el sufrimiento, no a reducirlo. Sin embargo, el advenimiento de mejoradores del estado de ánimo que sean más seguros, puros y sostenibles y que “reinicien” nuestros termostatos emocionales dejarán sin efecto esta objeción. De una forma menos obvia, la aparición de empatógenos más seguros y sostenibles anularán el argumento de que las drogas se consumen por motivos inherentemente “egoístas”. Empatógenos y entactógenos diseñados de forma racional traerán consigo la promesa de enriquecer nuestra concepción de la salud mental, el autoconocimiento introspectivo y la inteligencia social. Por cierto, hay que reconocer que hablar hoy en día de consumir drogas placenteras “seguras y sostenibles” difícilmente será una proposición convincente dadas las impuras drogas callejeras y poco refinados mejoradores del humor que tenemos a disposición. El desempeño histórico de la industria farmacéutica en el ámbito de los medicamentos psiquiátricos es, a lo sumo, accidentado. Incluso los químicos clandestinos más brillantes han abierto una Caja de Pandora llena de sorpresas. Aun así, estamos destinados a tratar el dolor mental con medicamentos, a convertirlo en opcional y quizás, algún día, en obsoleto.

En segundo lugar, estamos al borde de una revolución reproductiva de los llamados “bebés de diseñador”. Dentro de las próximas décadas, quienes deseen convertirse en padres podrán, de manera rutinaria, elegir la configuración genética y la personalidad de sus futuros hijos. Los alelos alternativos y las combinaciones alélicas más desagradables que nos legó la selección natural se editarán de manera progresiva hasta que desaparezcan de la reserva genética y así la evolución dejará de ser aleatoria y “ciega”. En cambio, la trayectoria evolutiva de nuestra especie será moldeada por agentes cuasi-racionales. En el futuro, genes y combinaciones alélicas innovadores serán diseñados y elegidos de manera deliberada anticipando sus probables efectos en la conducta. Cuando los padres del mañana opten por tener hijos libres de depresión y ansiedad, la mayoría de esos futuros padres no sostendrán sistemas éticos pomposos ni menos aún serán adeptos del UN universal. No obstante, a medida que avance por el mundo la revolución reproductiva, el resultado colectivo de tales decisiones parentales individuales puede terminar siendo similar a los frutos de un gran diseño utópico. La mayoría de los padres aspirarán a tener hijos superinteligentes, felices, hermosos y afectuosos. Posteriormente, los hijos superinteligentes, felices, hermosos y afectuosos de estos padres también querrán descendientes enriquecidos cuya mejora partirá de una base de salud mental más alta. De esta forma, el punto de partida natural de nuestro bienestar se incrementará genéticamente tanto a nivel individual como de manera estadística para toda la especie de (post-)humanos que hayan evolucionados de forma no-natural. Los humanos más antiguos obligados a funcionar con un wetware heredado podrían optar por terapia genética somática una vez que haya madurado el área de la medicina personalizada. Al mismo tiempo, será intensa la presión selectiva contra algunos de nuestros rasgos más desagradables que alguna vez fueran adaptativos en nuestra pasado darwiniano. Sutiles análogos funcionales del dolor y la ansiedad (probablemente) seguirán existiendo disfrazados de gradientes en la reducción del bienestar para así poder preservar nuestra sensibilidad a la información relacionada con estímulos nocivos y sustentar entendimientos cruciales, pero las texturas de sufrimiento crudo como las entendemos hoy podrían quedar relegadas a nuestra historia evolutiva.

Tercero, los avances en las tecnologías de proteínas unicelulares pronto nos permitirán cultivar “comida en cubeta” que será editada genéticamente para ser al menos tan deliciosa como la carne de animales no modificados. De ser así, presumiblemente, el proceso será escalable de manera ilimitada. Lo que es más importante, este tipo de “comida in vitro” será más barata. Siguiendo la economía de mercado, bajo este supuesto, la ganadería industrial sufrirá un colapso mundial o al menos se transformará a este modelo más eficiente. De hecho, existe una gran probabilidad de que presenciemos el nacimiento del veganismo a nivel global durante la segunda mitad del siglo. Los argumentos morales a favor de las dietas libres de crueldad parecerán más lógicos y convincentes una vez que aceptarlos no implique más tener que renunciar a los sabores de nuestras comidas favoritas a los que estamos acostumbrados. En otros lugares, la Madre Naturaleza, sangrienta y cruel, no desaparecerá tan fácilmente, aunque a la tasa actual en que desaparecen los hábitats naturales, para el final del siglo no quedarán más grandes mamíferos libres en la naturaleza. Vestigios de este orden antiguo seguirán existiendo en otros rincones del mundo viviente, pero las formas residuales de sufrimiento, de continuar existiendo, que serán permitidas en nuestros parques animales u océanos profundos siguen sin estar claros. Si concluimos que los estados desagradables de nuestras consciencias son moralmente inaceptables, entonces podemos explotar el poder de la ingeniería genética, la computación cuántica y la nanorobótica para rediseñar el ecosistema mundial y sobreescribir el genoma de los vertebrados. El crecimiento exponencial del poder de procesamiento de las computadoras para correr simulaciones complejas puede llegar a hacer que la transformación del ecosistema sea un problema trivial. Una civilización tecnológica y éticamente avanzada puede erradicar el sufrimiento de toda la vida sintiente.

* * *

No hace falta mencionar que estos tres escenarios son meramente especulativos. No menos especulativa es la predicción bioconservadora de que elegiremos mantener el sufrimiento de forma indefinida.

Sea lo que sea que nos depare el futuro, presumiblemente, la ética UN continuará sin convencer a la mayoría de la población, sobre todo después de que aumente nuestro bienestar emocional tras la adopción generalizada de mejoras tecnológicas. Siendo así, quizás, la manera más efectiva para que un utilitarista negativo promueva sus valores éticos es evitando usar la etiqueta por completo. En cambio, los utilitaristas negativos pueden llegar a la conclusión de que es instrumentalmente racional darle importancia manifiesta a los valores “positivos” de los utilitaristas clásicos, utilitaristas/consecuencialistas de la preferencia, y la amplia comunidad de (en su mayoría) personas benevolentes no-utilitaristas que comparten una aversión por el sufrimiento “innecesario”. Este enfoque indirecto al UN puede traer consigo un beneficio mayor. Solo a través de la promoción de las metas “positivas” y haciendo campaña por un mayor bienestar individual podremos acercarnos a llevar a la práctica la ética del UN.

Si este proyecto abolicionista tiene éxito, cualquiera sea el plazo en que se consiga, ¿debería un utilitarista negativo sentirse moralmente satisfecho con el resultado? En un sentido importante, sí, pues habrá cumplido con todas sus responsabilidades morales. De llegar a acontecer esta transición histórica de la vida en la Tierra, será la revolución más trascendental y profunda que haya existido. Además, a diferencia del utilitarismo positivo y el llamado utilitarismo de la preferencia, los cuales jamás podrán ser satisfechos por completo, el UN parece ser completamente lograble.

Este contraste es informativo. Según el felicific calculus de los utilitaristas positivos, el avance de la biotecnología nos obliga a fabricar, a nivel molecular, no solo la erradicación del sufrimiento sino también la felicidad/valor a escalas colosales. De hecho, la revolución biotecnológica que se avecina trae consigo para el utilitarismo hedonista clásico el compromiso ético de crear centros de placer hipertrofiados que generen niveles de bienestar emocional órdenes de magnitud más intensos que aquellos a los que hoy tenemos acceso. Es difícil poner de manifiesto estas implicancias de manera sobria sin dejes de sensacionalismo. Este tipo de aplicación revolucionaria que se deriva de la ética utilitarista clásica es una consecuencia que jamás podría haber sido anticipada por sus autores originales. Bentham y sus contemporáneos suponían que el felicific calculus sería aplicado de forma fructífera a través de reformas sociopolíticas y legislativas.

Mirando al futuro, ¿cuál creemos que es el nivel máximo teórico de bienestar/felicidad/placer individual? Los científicos que se dedican a estudiar el placer no lo saben. Presumiblemente, es difícil para los sistemas nerviosos orgánicos sustentar sucesivos estados cuánticos coherentes en un medio “tibio” que sobrepasen cierto tamaño y duración efímera antes de que la decoherencia térmica entre en acción, lo que descarta una fenomenología de centros de placer del tamaño de Jupiter. No obstante, dado nuestra estado actual de ignorancia, las explicaciones sobre los límites superiores de la unidad de la consciencia que se basan en la mecánica cuántica son inevitablemente especulativos. Aquí no exploraremos conjeturas más atrevidas sobre los máximos teóricos del placer/valor en el cosmos.

Por el contrario, el utilitarismo negativo no acarrea la imposición de amplificar nuestros circuitos de recompensa de manera infinita. En la práctica, la mayoría de los utilitaristas negativos probablemente encontrarían tales discusiones moralmente frívolas. En este aspecto al menos, el UN se acerca más al sentido común; y quizás a la ética y metafísica de la Edad de Piedra. Sin embargo, en cierto sentido, es infundada la satisfacción que sentiría el utilitarista negativo al imaginar la idea de completar el proyecto abolicionista. En sentido estricto, la noción de que el sufrimiento puede ser abolido descansa sobre una noción pre-científica del tiempo. Bajo el escenario de la física moderna que implica el “universo de bloque”, los horrores del mundo ocupan de forma perpetua las coordenadas espaciotemporales donde ocurren. Todos los “aquí y ahora” ocurren simultáneamente y son reales por igual. El sufrimiento característico de la vida primitiva en la Tierra no desaparecerá del espaciotiempo: el valor negativo intrínseco de tal sufrimiento es imposible de erradicar. El sufrimiento (quizás formas extremas de agonía más allá de nuestra comprensión) puede hallarse también en lugares inaccesibles dentro de otras formas de vida que habitan el Multiverso. Lo que es peor, si los escenarios cosmológicos caóticos que auguran una inflación eterna son correctos, esto quiere decir que el incremento exponencial de gúgoles de “universos de bolsillo” trae consigo también el crecimiento exponencial del sufrimiento; y posiblemente todo tipo de horrores que los humanos no han siquiera conceptualizado. Aquellos más optimistas atesorarán la máxima de Michael Faraday: “Nada es demasiado maravilloso para ser cierto, de ser consistente con las leyes de la naturaleza”, pero esto significa también que nada es demasiado terrible para ser cierto, mientras sea consistente con las leyes de la naturaleza. Así, el utilitarista negativo puede continuar creyendo que hubiese sido mejor que nada existiera en primer lugar. Siendo menos lóbregos, en esa vasta extensión de espaciotiempo que denominamos informalmente como “el futuro”, es bastante posible que, digamos, tras el siglo 22, no exista más el sufrimiento en nuestra pequeña isla universal, o de existir, solo lo hará en un región de baja densidad (tendiente a cero) de la función de onda del universo. (Para un análisis más pesimista, véase Sufrimiento en el Multiverso).

Entonces, ¿qué será del UN? Si nuestros descendientes enriquecidos genéticamente son, por su misma naturaleza, dichosos, es improbable que apoyen de forma explícita la ética del utilitarismo negativo, incluso suponiendo que su esquema conceptual es conmensurable con el nuestro. Mentes que hayan alcanzado el superbienestar psicológico podrían encontrarse con que su propia constitución vuelve imposible tomarse en serio el UN de épocas pasadas. La posibilidad misma del UN podría estar fuera del alcance cognitivo de sus mentes. Las consciencias post-darwinianas que hayan alcanzado cierta madurez podrían sentirse dueñas de un valor auto-intimativo* que supere lo que podemos imaginarnos en la actualidad. En efecto, la posteridad podría gozar de normas multidimensionales de salud mental que escapen a cualquier descripción que podamos hacer o incluso nombre que podamos darle hoy en día. Mas si el sufrimiento de cualquier tipo, e incluso el más leve “pinchazo” de incomodidad, se transformara en una imposibilidad neuroquímica (tal vez siendo remplazado por gradientes de bienestar teórico-informacional) el utilitarismo negativo mismo se habrá vuelto irrelevante: una redundante curiosidad histórica. De llegar a pasar, será una irrelevancia que los utilitaristas contemporáneos deberían recibir de brazos abiertos.

David Pearce (2005)
Diego Andrade Yáñez (2020)

*Nota del traductor: en el original, el autor utiliza el término self-intimatingly , haciendo referencia al concepto de “auto-intimación”: que toda consciencia incluye consciencia de sí misma. Esta acepción de “intimación” proviene del significado que “intimate” tiene en inglés al funcionar como verbo: “to make known”, es decir, “dar a conocer”, un significado que el cognado “intimar” no posee en el español actual. Una traducción más cercana semánticamente precisaría usar “manifestar”, “revelar” o “dar a conocer”, pero he decidido mantener tanto el calco como el neologismo y extranjerismo “auto-intimación”, por las siguientes razones:
1) Ya se utiliza en escritos filosóficos en español (ver https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0719-42422018000100115 o https://revistamutatismutandis.com/index.php/mutatismutandis/article/download/41/31/)

2) Provee un uso técnico más restringido.

3) La acepción de “hacer saber alguna cosa” era parte de la palabra hace aproximadamente 150 años, aunque hoy se encuentre en desuso (https://archive.org/stream/nuevodiccionario00salvuoft#page/624/mode/2up). En este sentido, estaríamos recuperando este uso mas que añadiéndolo desde cero.

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